Guevara: El mito fracasado

Se supone que la demencia es un mal personal, un desorden que se vive dentro de las paredes de nuestra propia mente. Sin embargo, dependiendo del discurso con el cual se presente ante los demás, en ocasiones la locura de una persona puede contagiar a muchas otras y permanecer vigente incluso después de la muerte del enfermo.

Sea porque se subestima su legado o porque se mitifica su biografía, hay en el transcurso de la humanidad una considerable cantidad de personajes que han sido injustamente valorados por la Historia. Con facilidad el imaginario colectivo arbitrariamente encumbra héroes inmerecidos o despotrica en contra de villanos inocentes.

Tal es el caso de Ernesto Guevara de la Serna, argentino del cual se ha idealizado inmerecidamente su imagen y cuyo retrato, en particular la mercantilizada fotografía de Korda, se idealizó en las postrimerías de la guerra fría y paulatinamente se ha ido convirtiendo en un afiche despojado de contexto y significado: la imagen del Ché aparece por igual tanto en protestas callejeras como en pretenciosas playeras de cantantes y de pseudointelectuales necesitados de aparentar rebeldía, mientras  que al mismo tiempo gozan de las dádivas del sistema capitalista.

Para generaciones que poco o nada saben de su biografía ni de sus escritos, el Ché bien puede ser un ícono chic de “rebeldía” buena onda (allí su éxito en secundarias y bachilleratos), o la contradictoria representación de los “ideales” que afirman defender, pero que en realidad poco o nada tienen que ver con la historia del personaje.

Curiosamente, pese a lo prolífico que fue Ernesto expresando sus ideas, la mayoría de los libros y películas que abordan su vida omiten mencionar su “peculiar” filosofía. Y es que para derribar su mito no hace falta juzgar sus actos, es suficiente con citar unas pocas de sus propias palabras.

En mayo de 1967 Ernesto Guevara señaló en un mensaje a la Tricontinental el factor, que según él, permitirá a la Humanidad superar sus “limitaciones naturales” y trascender hacia el triunfo:

“El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar.”

Pese a lo odiosa que resulta la comparación, es imposible leer a Guevara y no recordar las palabras que en abril de 1923 usó Hitler para realizar una apología al odio muy similar a la de Guevara:

“Porque para la liberación se requiere más que política, se requiere más que laboriosidad, ¡para llegar a ser libre se requiere orgullo, voluntad, terquedad, odio, y nuevamente odio!”

No pretendo menoscabar la imagen del Ché al compararlo con el Führer, lo cierto es que no hace falta un argumento ad hominem para lograrlo. Mi intención es resaltar lo paradójica que es que por conductas sociópatas similares, estos personajes gocen de reputaciones tan disimiles.

Me parece que no hay diferencia sustancial entre “Un pueblo sin odio no puede triunfar” y “para llegar a ser libre se requiere […] odio, y nuevamente odio“. No se puede, siendo congruente, aplaudir a uno mientras se abuchea al otro ya que sus discursos son igualmente radicales e intolerantes.

Recuerdo hace un par de años haber visto en una marcha a manifestantes que, portando un afiche de Guevara, exigían detener el “baño de sangre de la guerra contra el narcotráfico” ¿Cómo usar la imagen de un hombre que añoraba la guerra total para pedir el fin de un conflicto armado? ¿Acaso esos manifestantes estaban consientes de lo que en realidad representa la foto del Ché?

Es un sinsentido exigir el cese de acciones militares invocando el nombre del autor de estas inquietantes palabras: “[…] aullando como poseído, asaltaré las barricadas o trincheras, teñiré en sangre mi arma y loco de furia degollaré a cuanto vencido caiga en mis manos. […] Ya siento mis narices dilatadas saboreando el acre olor de pólvora y de sangre y de muerte enemiga” (Extracto tomado de Diarios en motocicleta). ¡Qué irresponsable es evocar símbolos sin conocer su significado!

“Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a sus casas, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle que tenga un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego. Atacarlo donde quiera que se encuentre; hacerle sentir una fiera acosada por cada lugar que transite”. E. Guevara.

Se le podrá reconocer a Ernesto Guevara su audacia y la disciplina con la que conducía algunos de los aspectos de su vida. Pero no se puede éticamente aplaudir la imagen de un personaje que con cinismo reconoció ante el pleno de Naciones Unidas, que la Comisión Depuradora, que él encabezaba, generosamente privaba de la vida a decenas de cubanos; muchos de los cuales sólo habían disentido del régimen socialista por su religión o por su preferencia sexual.

“Nosotros tenemos que decir aquí lo que es una verdad conocida, que la hemos expresado siempre ante el mundo: fusilamientos, sí, hemos fusilado; fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario.”

Los propagandistas de Guevara le defienden justificando sus homicidios como una acción militar ineludible de cualquier conflicto armado. Olvidan que el papel que desempeñó el Ché en la Cabaña fue después de finalizada la guerra y con hombres desarmados que en el mejor de los casos, sólo tuvieron un juicio parcial y a todas luces injusto.

La parte más difícil de toda revolución no es destruir el régimen anterior, sino construir el nuevo sistema. Después de la guerra, Cuba estaba necesitada de nuevas instituciones. Sin embargo, Ernesto abandonó la isla para ir a pegar de tiros al Congo. Los pensamientos y acciones del Ché no dejan lugar a dudas, él no fue víctima de las circunstancias. Guevara no fue un soldado que se vio obligado a matar, sino un sociópata que activamente buscaba la adrenalina del combate y del homicidio.

Bien haríamos en empezar a reconocer que fuera de ser un soldado eficaz (cumplía las órdenes sin medir el peligro), Ernesto Guevara era un promotor del odio que en realidad tuvo poco o ningún éxito en empresas más útiles a la sociedad que disparar un fusil.

La biografía del gurrillero es reveladora: la falsa gloria de Guevara descansa sobre sus fracasos. El Ché abandonó sus estudios de medicina (aún no queda claro cómo es que obtuvo su título). Dejó sin concluir el servicio que él y su amigo Alberto Granado prestaban en el leprosario. Huyó de Guatemala al fracasar en la defensa de Jacobo Arbenz. Se divorció de Hilda Gadea como resultado de su distanciamiento e de las infidelidades que él cometía. Abandonó la intendencia de la Sancti Spiritus al no ver realizados sus deseos puritanos. Tanto en su primer como en su segundo matrimonio fue un padre lejano que nunca asumió plenamente sus responsabilidades hogareñas. Su gestión frente al Banco Central de Cuba fue desastrosa. Como ministro de industria dio al traste a la zafra azucarera y ni de lejos mejoró la situación productiva del país. Su participación en la Cumbre de Punta del Este fue muy desafortunada. Su intento por convencer a Mao de financiar guerrillas en Latinoamérica resultó infructuoso. Su incursión bélica en el Congo no tuvo ni sentido ni éxito. Mandó a Masetti a una derrota segura en Argentina. Y finalmente, después de tanta búsqueda, el Ché por fin encontró su muerte en una lastimera excursión militar en Bolivia.

Tal parece que el único éxito del Ché que aún perdura, fue el de convertirse en icono comercial que da de comer a sus descendientes y los abogados de éstos. Todo indica que Marcelo Gioffré no se equivocó cuando afirmó sobre Ernesto: “El conjunto de su vida podría verse como una impecable estética del fracaso, que concluyó póstumamente, con toda una generación diezmada en su nombre”.