La luna, no el dedo

Ciudadanas y ciudadanos descuidados han dado dos llamativas respuestas al escandaloso plagio que realizó nuestro Presidente durante su juventud y que fue puesto en evidencia por Carmen Aristegui [1]. Los menos burdos criticaron su falta de pureza [2] en la realización del reportaje. En cambio los más cortos de criterio desvergonzadamente declararon: “pero ella ni siquiera está titulada“.

Escribo estas líneas para hablar sobre estos críticos de superficie y confesar un pequeño secreto personal que ve la luz gracias al comentario que hizo Ismael, un lector del blog, sobre mi texto: “¡Siempre listos! ¿Para lucrar?”.

Siendo estudiante, la máxima consideración ética a la que estaba sometido Enrique Peña Nieto era a la honestidad de sus ideas y falló en ello. Peor aún, cometió la más grave falta académica cuando ya militaba en el PRI y cuando ya participaba en la vida pública del Estado de México. Además, el plagio nos obliga a cuestionar al director de la tesis [3]: Eduardo Alfonso Guerrero ¿Por qué permitió semejante actitud en su alumno? ¿Fue descuidado y permisivo en la realización de su trabajo o fue la lealtad cómplice hacía el partido lo que le impidió ver los descarados errores? Ahora investido en magistrado ¿qué clase de justicia imparte: la del descuido o la de la lealtad?

Como bien señala Jesús Silva-Herzog [4], considerar que se trata de un asunto menor equivale a afirmar “que la probidad de un gobernante no importa”. 

Mientras que en otros países el delito de plagio le ha costado el cargo a funcionarios públicos, aquí el cotilleo insustancial benefició la continuidad de la corrupción. Es la reflexión comodina en perjuicio del país. 

Dicho lo anterior, permítanme recuperar las palabras que Ismael vertió en los comentarios del blog: “Es una tristeza que una investigación tan bien hecha y redactada se vea tan tristemente opacada por una pésima ortografía…La falta casi total de acentos y escribir repetidamente “membrecía” cuando lo correcto es membresía, no sólo reflejan la falta de preparación, sino que redundan en una falta total de credibilidad.”

Más allá de lo endeble que resulta la afirmación: “ausencia casi total de acentos” en un texto que contiene 158 palabras acentuadas. Me interesa hacer dos cosas: Primero, agradecer el tiempo que Ismael generosamente dedicó en leer mi descripción sobre las cuestionables prácticas que tiene Asociación de Scouts de México A.C. (ASMAC) y, segundo, aprovechar la falacia lógica ad hominem (cometida al tratar de establecer una relación entre el uso de la letra «ese» y la supuesta “falta total de credibilidad”) para confesar la transformación que hice de la palabra “membrecía” en anzuelo.

Permítanme explicar: Hace nueve años presenté un proyecto en el que use tal vocablo. Recuerdo que me sentía inclinado a escribirlo con «S», pero como no estaba seguro de su ortografía preferí eludir el error y consulté el recurso disponible más actualizado: el Diccionario esencial de la Real Academia Española (RAE). Documento que fue editado en 2006 con la participación de las ventiuna academias asociadas, y que únicamente reconoce como válida la palabra “membrecía” escrita con «C».

Para mi sorpresa, la revisora más escéptica de mi proyecto, una señora a la que nunca le caí bien, centró su crítica en el supuesto error ortográfico. Desde entonces no han faltado reproches a la presencia de la tercera letra del alfabeto en mis escritos sobre asociaciones y miembros.

cqt-lalunanoeldedo-2006

Para zanjar el debate, decidí escribir a la Academia Mexicana de la Lengua y obtuve por respuesta la recomendación de referir en futuras discusiones al Diccionario Panhispánico de dudas y una paráfrasis de la siguiente explicación:

[…] Aunque, debido al seseo, está muy extendida en el uso la forma membresía, la grafía correcta es membrecía, ya que el sufijo español para formar este tipo de derivados es –cía (de abogado, abogacía; de clero, clerecía); la terminación –sía es propia de los sustantivos derivados de nombres o adjetivos que terminan en -s: burguesía (de burgués), feligresía (de feligrés) […]”

La convincente explicación del Panhispánico fue ratificada por la RAE en sus publicaciones: “Nueva gramática de la lengua española” de 2009 y “Ortografía de la lengua española” de 2010. Sin embargo, eso no evitó que en 2013 mi texto titulado: “La cuestión de género en la ASMAC” fuese presa de las y los «eseístas».

En aquel artículo utilicé datos y cifras para demostrar y denunciar el machismo organizacional imperante en la ASMAC. Un grave problema que los negacionistas minimizaron mediante el anodino engrandecimiento de la ausencia de «eses».

En lugar de cuestionar racionalmente las posibles flaquezas metodológicas de mis afirmaciones, prefirieron la comodidad de juzgar moralmente mi ortografía. ¡Asusta imaginar el maltrato que semejante liviandad lógica haría de Kepler si leyesen su obra cumbre: Astronomía Nova!

Por supuesto, no cometeré la soberbia de comparar lo incomparable. Claramente no hay forma de equiparar mis modestas ideas con la genialidad del físico o la audacia de la periodista, pero son ejemplos que sirven para explicar los motivos que me llevaron a reiterar el uso de «cía». No tanto para defender el buen léxico, sino por su asombrosa utilidad como carnada intelectual. 

Durante tres años he usado los reproches que provoca la «C» en mis artículos para distinguir a las y los analistas de superficie, a los frívolos de la reflexión.

Los defensores del statu quo, los fieles creyentes de que la “forma es fondo” siempre caen en la tentación de conducir la censura por lo somero. De tal forma que “membrecía” es un recurso vigente a pesar de que la última edición del Diccionario de la RAE (2014) cedió a la costumbre popular y ya también reconoce la posibilidad de escribir “membresía”. 

Sirvan estas palabras como invitación a ver la luna y no el dedo que la señala.

Actualización: Me siento muy afortunado de mencionar que Ismael y yo hemos hablado largo y tendido y hemos encontrado que nuestras afinidades son muchas más que nuestros desacuerdos. Con alegría presumo una nueva y constructiva amistad.

Referencias:

[1] Aristegui, Huerta y Cols. (2016). Peña Nieto, de plagiador a presidente. Consultado en: http://aristeguinoticias.com/2108/mexico/pena-nieto-de-plagiador-a-presidente/ el  31.ago.2016. [testigo]

[2] Alarcón, Alicia. (2016) “Cármen”, entre comillas. Consultado en: http://themexicantimes.mx/carmen-entre-comillas/ el 29.ago.2016. [testigo]

[3] Ugalde, Luis Carlos (2016) Plagio e impunidad universitaria. Consultado en: http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/plagio-e-impunidad-universitaria.html el 30.ago.2016. [testigo]

[4] Silva-Herzog, Jesús. (2016) Trivializar el escándalo. Consultado en: http://www.reforma.com/aplicacioneslibre/editoriales/editorial.aspx?id=95940&md5=f39a75489b826012e118b1b25344bdc2&ta=0dfdbac11765226904c16cb9ad1b2efe&lcmd5=fe6033adf7f0d5ea98b095fdc58b3214 el 29.ago.2016. [testigo]