Te escribo a ti y varios otros. Le escribo a todas y todos los que han dejado un espacio vacante en mis pensamientos. A las personas que en algún momento poblaron con sus palabras y acciones el bosque de mis experiencias y afectos, pero que hoy están lejos… no sé bien dónde.

Te escribo a ti y a quienes la muerte arrancó de mi vida. A las que se quedaron del otro lado del abismo abruptamente abierto por la ira y el desacuerdo. Y y a quienes por una razón u otra decidieron migrar sus simpatías.

Te escribo para evocar la capacidad creadora de tu compañía y para honrar la sensible pérdida de tu posibilidad. Porque de tu presencia en mi vida derivaban incontables opciones, pero de tu ausencia, acaso ninguna.

Cada quien por su lado es, pero juntos tú y yo, éramos otros.

Según los viejos cuentos helénicos, tres hilanderas confeccionan la trama de la existencia humana. Cruzando las hebras de los destinos individuales las Moiras deciden nuestras historias. ¿Quisieron ellas que nuestros hilos se encontrasen para luego separarse? ¿O fuimos nosotros, con nuestras decisiones, quienes propiciamos y cancelamos la confluencia?

Arrogantes suponemos total soberanía sobre nuestra vida ¿pero qué gobierno hay en el desierto? Tan sólo el régimen de la nada, el del vacío.

Es la interacción con el otro la que brinda un punto en el lienzo llano de nuestra biografía; una referencia para definirnos.

Sin duda, la cercanía intervino nuestro destino, pero la distancia hizo aún más por nosotros: nos idea de lo justo.

Ahora sólo me queda preguntarme, si tú estuvieses aquí ¿acaso yo estaría escribiendo? Probablemente no.

¿También estaría sonriendo? quizá no.

Entonces, ¿qué estaría haciendo? Imposible saberlo porque para ello me haces falta.