Intentar enjuiciar los resultados de una administración que inicia siempre es un ejercicio audaz (sino es que atrevido). A menos de un año de gobierno, aún es casi imposible distinguir entre los indicadores heredados de anteriores administraciones y los de autoría propia, por lo que resulta difícil adjudicar responsabilidades. No obstante, a cuatro meses de gestión, sí que es visible el marco interpretativo del nuevo gobernante. Y justo ahí se esconde el talón de Aquiles de López Obrador y lo que podría llevar al fracaso a esta administración.

Advierto que con una aprobación superior al 75%, cuestionar hoy las acciones de gobierno del presidente López Obrador equivale a criticar a Santa Claus en la víspera de navidad. Sin embargo, cada día resulta más y más importante desarrollar algo de suspicacia frente al mandatario.

Gráfica de EL FINANCIERO.

Recuerdo que en 2014, durante la presentación de su libro: “Neoporfirismo. Hoy como ayer”, escuché a Obrador desplegando un amplio conocimiento histórico ante cientos de personas en la explanada de la Alcaldía de Azcapotzalco. Desde entonces ganó mi voto al convencerme de su peculiar naturaleza política: Lejos de buscar el poder para beneficiarse de él, Andrés Manuel busca garantizar su lugar en los libros de historia.

La aspiración histórica de Obrador es una convicción muy poderosa y muy escasa en nuestra clase gobernante, y es lo que explica la fogosidad su trayectoria. Sin embargo, el mismo espíritu historiador que nutre los ímpetus del tabasqueño, también le traiciona.

El primer error filosófico de la “cuarta transformación” es apelar a los grandes personajes de bronce. El desacierto es ver a la historia como consecuencia de la biografía de los líderes y no como resultado de las dinámicas sociales. Desde la creación de los “superdelegados” estatales hasta el menoscabo de los órganos autónomos y el monopolio de la vocería gubernamental, es evidente que Obrador busca recuperar y concentrar en su persona las amplísimas facultades presidenciales que fueron limitadas por la transición democrática de finales del siglo XX.

Quizá no lo haga por un ánimo autoritario o dictatorial como pobremente han acusado desde la oposición partidista, sino más bien por un honesto deseo de transformar al país sujeto a la romántica interpretación de un Hidalgo o de un Juárez conduciendo a la patria hacia su bienestar.

El problema es que, aún admitiendo la falsa hipótesis de que basta adherirnos a la buena voluntad y al buen entendimiento del ejecutivo para salvar al país, la realidad es que hoy por hoy el Presidente, a pesar de sus esfuerzos, dista mucho de fungir como el gran líder nacional y tampoco se acerca a tener la capacidad de operación política que requeriría para ello. Obrador debe renunciar al estilo unilateral que aprendió del PRI setentero en el que se formó como político.

En este punto ni siquiera me refiero a la fuerza que actualmente tienen los intereses privados (tanto legales como ilegales) que desde hace años se oponen y hasta sabotean activamente los proyectos de los mandatarios. Tampoco a la fuerte influencia de gobiernos y grupos extranjeros en un mundo globalizado. Sencillamente, hago alusión a la debilidad que surge de su propio partido. Hasta ahora los correligionarios de Obrador se han mantenido más o menos alineados con él porque de ello dependía su lugar en el nuevo gobierno, pero conforme pasen los días, su lealtad y disciplina se iran resquebrajando.

MORENA se nutrió rápidamente de cuadros no por ideología sino por meteorología. Buen porcentaje de la militancia no fue cautivado por el liderazgo de López sino que supo ver que los vientos de la preferencia electoral soplaba a su favor. Entonces, si Juárez tenía en “las buenas, las malas y las peores” el apoyo de Melchor Ocampo y de Miguel Lerdo de Tejada ¿a quien tiene Andrés Manuel?

Además, conforme avance el tiempo, cada vez será más y más difícil desvincularse de los grandes problemas del país. La inseguridad y la pobreza no podrán ser siempre culpa de Peña y los neoliberales porque su solución o perpetuación ahora es responsabilidad del ejecutivo.

Para resolver nuestros desafíos, Andrés Manuel no debe apostar por las fórmulas del pasado. El Presidencialismo fuerte, el clamor de las masas, ya demostró que no basta (incluso en su versión renovada como “pacto por México”). Para pretender un lugar en los textos del futuro, hace falta una audacia creativa antes que una reflexión histórica.

Finalmente, recordemos que en la infancia se agradecen y hasta disfrutan los actos febriles de la noche buena: las canciones, el árbol, etc. Pero lo que verdaderamente se valora ocurre a la mañana siguiente. Hasta ahora la popularidad de Obrador se mantiene a base de gestos simbólicos: dejar Los Pinos, solicitar el perdón de los pueblos originarios, etc. ¿Pero luego qué sigue?