El miedo adulto

By | 2018-03-31T13:47:04+00:00 March 31st, 2018|Categories: En voz alta|Tags: , , , |

Sólo con la edad se conoce el miedo. Aunque son los infantes quienes creen en monstruos y fantasmas, son las mujeres y hombres entre 40 y 60 años quienes conocen el verdadero alcance del temor.

Con el tiempo las ingenuas sombras que asustaban al párvulo dejan paso a los verdaderos desafíos de la vida: el amor, la autonomía, la familia, la vejez… Pero el peor de los miedos aparece hacia la segunda mitad de la vida: el fantasma de la intrascendencia.

En teoría, la adultez media debería ser el mejor momento de la vida porque en ella los individuos han acumulado amplios recursos y experiencias, y aún gozan de suficiente fortaleza física e intelectual. No obstante, también es el último reducto antes del inevitable agotamiento por la edad. Por lo que, según palabras de Erik Erikson, esta etapa de la vida representa la última oportunidad para lograr la auto-realización o para ahogarse en el estancamiento.

Menciono todo esto porque hace algunos días publiqué en mis redes sociales el siguiente texto:

“Ayer tuve la dicha de participar con voluntarias y voluntarios de TECHO en la construcción de viviendas en comunidades marginadas, doblemente agobiadas por la injusticia social y ahora por el impacto de los sismos de septiembre pasado. De entre las diversas sensaciones y reflexiones que siempre deja hacer servicio, recupero una que nunca había cruzado mi mente como hasta ahora: ¿Dónde están los no-jóvenes?

Por primera vez fui el más viejo en un equipo en servicio, a pesar de que sigo en mis veintes. Recordando me di cuenta de que es un patrón que se cumple casi siempre, una y otra vez, en cualquiera de las múltiples ocasiones que he brindado servicio, en distintos contextos y organizaciones: las personas no-jóvenes son extrema minoría. ¿Por qué?

¿Acaso “madurar” significa abandonar la voluntad de construir el futuro, para dejarse llevar por la inercia social sin importar lo injusta que sea ésta?  Me niego aceptarlo, pero no por ello deja de inquietarme que el paso calendario menoscabe mi sentido de justicia. ¡Así que hay que estar atentos! Pues parece que para el retiro no sólo hay que cuidar la Afore, sino también los principios.”

Las seis respuestas que recibí fueron sumamente interesantes. En primer lugar, porque el texto no menciona a nadie en particular así que cada quien decidió si le quedaba o no el saco. En segundo término, por el tono de las mismas según la pertenencia demográfica.

Mientras que las y los comentaristas de mi rango de edad, o hasta diez años mayores, respondieron cosas como las siguientes:

  1. “Amigo, me hiciste recordar cuando íbamos a juntar despensas. No entiendo cuándo dejé de hacerlo creo que ya termino muy cansado de la chamba pero la siguiente vez invítame.”
  2. “Caramba, un fin de semana de no estar huevoneando no me va a matar, la siguiente avisa.”
  3. “Tienes razón, estamos siempre ocupados, pensando en pagar la casa o lo que sea que compremos a meses sin intereses y nos vamos recluyendo y apartando renunciando poco a poco a involucrarnos en el mundo.” En un sentido similar, un familiar jubilado me expresó:
  4. “Hijo, te felicito por tu compromiso. Me gustaría tener tu edad para acompañarte pero con las piernas sabes que ya no puedo. Pero dime cómo puedo ayudar desde la casa.”

En cambio, las únicas respuestas confrontativas vinieron de un par de adultos medios. Curiosamente, ambas fueron largos textos en los que los autores justificaban su poca presencia en actividades de voluntariado y también trataban de demostrar el sofisma según el cual, gracias a “su generación” la juventud somos lo que somos y tenemos lo que tenemos:

1) “Querido Eduardo he leído tu post y me gustaría comentarte algunas cosas somos varios los adultos que estamos trabajando todavía de una u otra forma, a la mejor no tanto como los jóvenes pero me gustaría que no olvidarás que la mayoría de los jóvenes que están ahí tienen de respaldo a adultos que están trabajando para ellos que les proveen para que tengan tiempo de ayudar […] No es que no tengamos valores nuestros jóvenes están trabajando con los valores que nosotros les enseñamos […] no menosprecies nuestro trabajo que indirectamente beneficia a toda la sociedad y es lo que nos mantiene ocupados […]”.

y:

2) “[…] seguramente la mayoría de los víveres han sido comprados con el dinero de los adultos, sabemos que nuestro dinero que estamos produciendo ellos lo están ocupando para ayudar y está bien pero sería mejor si hicieran sus propias aportaciones […] no se trata de competir pero debes reconocer que nuestra experiencia es necesaria […] nosotros ya peleamos las batallas ahora les toca a ustedes, gracias a nuestro apoyo.”

Honestamente, no sé qué estarían pensando al recurrir a una argumentación tan pobre, ni porqué creen que juventud es sinónimo de “mantenido”. Parece que olvidaron que su franja de edad (40-60 años) a penas representa la tercera parte de la población económicamente activa de este país, en contraste con el 52% de la fuerza laboral mexicana compuesto por menores de 30 años.

Además, según datos del INJUVE, más del 60% de los jóvenes generamos ingresos propios que permiten al 25% de nosotros vivir exclusivamente de nuestro trabajo y sin ningún apoyo externo. Es decir, hay tantos jóvenes trabajando, como adultos medios: 3.39 vs 3.71 millones, respectivamente.

En cualquiera de los casos, el verdadero fondo de la discusión no es sobre la manutención económica de las personas, sino del uso que hacemos del tiempo de vida en relación con el otro. Las verdaderas preguntas detonadoras de la discusión son: ¿Por qué hay personas que no hacen servicio? y ¿por qué parece que la voluntad de servir a otros disminuye con la edad?

Por supuesto, en este breve espacio es imposible responder satisfactoriamente estas cuestiones. No obstante, basado en las respuestas confrontativas, en mi propia experiencia empírica y en los resultados de la Encuesta Nacional de Solidaridad y Acción Voluntaria 2012 (ENSAV), así como en el estudio: “Acción voluntaria y voluntariado en México” (EAVVM)editado en 2016, podemos sostener la hipótesis: somos las juventudes quienes realizamos mayores actividades de servicio porque conforme se ganan años, en general, se pierde solidaridad.

Según la ENSAV, el 59.3% de las personas que realizaron trabajo voluntario eran menores de 40 años. En cambio, el estrato de personas adultas media representó el 30% de las acciones de voluntariado, y los mayores de 60 años tan solo el 10.7%. Estas cifras están en armonía con las reportadas en el EAVVM, que textualmente afirma:

“En México, el porcentaje mayor de la población que participa en  actividades voluntarias es de jóvenes en el intervalo de 15 a 24 años”(EAVVM,p.38).

Así mismo, el EAVVM señala que la mayoría de las acciones voluntarias realizadas por no-jóvenes suceden en el marco de la escuela y el barrio porque:

“[…] los padres de familia deben  de colaborar en el cuidado a la entrada y salida de clases y también deberán de enfrentar la falta de mantenimiento en los inmuebles y el mobiliario […]. Algo semejante sucede con los problemas de la infraestructura en los barrios en los que sus habitantes  deben  hacer  frente  con actividades realizadas por los “condóminos” para beneficio de sus condominios […]”.

Es decir, un porcentaje importante de las acciones de servicio realizadas por las personas no-jóvenes son realizadas en el marco de la relación de pertenencia a un determinado colectivo y  en beneficio del mismo; es decir, son acciones que terminan beneficiando de una u otra forma a los propios ejecutores de ellas.

Sin entrar en discusiones ontológicas respecto a cómo distinguir éticamente las acciones que se realizan para servir a un grupo al que pertenecemos respecto a grupos que nos son ajenos, no deja de ser una reiteración del ensimismamiento el únicamente involucrarse en actividades que afectan la esfera personal.

Si aceptamos que el principal objetivo de madurar (¿socialmente construido, acaso?) consiste en lograr la autosuficiencia y en crear una forma e identidad propia. Quizá también debamos reconocer que el resultado de un ejercicio continuo e irreflexivo del acto de madurar sea el desistimiento paulatino de los individuos por mirar fuera de sí. Tanto las estadísticas como la propia experiencia empírica abonan a esa afirmación: conforme se acumulan las responsabilidades y las presiones, se vuelve más y más fácil negarse al mundo concentrándose exclusivamente en la propia satisfacción, y llegando incluso a defender la auto satisfacción egoísta como modelo de éxito.

Sin embargo, tal como señaló Unamuno, y en armonía con la posición de Lévinas respecto al Dasein Heggeriano, para pensar/Ser hay que salirse de sí y encontrarse con la otredad. Un ego que pretende contener el sentido de su existencia en sí mismo, está condenado a la finitud y la intrascendencia. Por lo tanto, aún reconociendo que la adultez es el camino de la libre autodeterminación, es innegable que desarrollar un camino biográfico sin el encuentro del otro, es negar la realidad ontológica del Ser.

No existen los héroes aislados, ni trascendencia en la autoedificación. No se escribe la historia desde las soledades sino desde los encuentros. Para dar sentido a la vida, hay que mirar permanentemente los rostros ajenos, no tanto de aquellos que son nuestra consecuencia, sino de esos otros que nos producen alteridad, que nos permiten sumar a la creación por sobre la inmovilidad de las rutinas.

Los comentarios confrontativos citados más arriba, parecen responder a la necesidad de eludir la realidad de la intrascendencia propia, mediante el menoscabo de quienes están dispuestos abrirse al mundo, aún cuando no han logrado la plena autosuficiencia. Un error provocado por el miedo, que les impide ver la falsedad de la dicotomía: madurar vs servir a otros.

La realidad es que los únicos valores que nos definen son los que ejercemos, no los que enunciamos. Y que la autojustificación de nuestra ausencia de servicio, sin importar la edad, no es otra cosa que la racionalización evasiva de nuestro propio egoísmo.

Así, la tesis parece reafirmarse: para la vejez hay que cuidar los ahorros de la Afore, pero también hay que procurar la vigencia de nuestros valores.