Más allá de las fronteras

By |2018-11-27T15:31:29+00:00noviembre 27, 2018.|Democracia y Derechos Humanos|

Una imagen marcó el inicio de mi semana. La fotografía captada por la agencia AFP News en las inmediaciones de El Chaparral, muestra a una mujer sentada sobre el muro metálico que divide a México de Estados Unidos y a un hombre cargando desde el suelo a un niño pequeño para que ella lo alcance. Los tres parecen ser una familia buscando llegar al mítico “sueño americano”.

No sabemos si buscan resolver la adversidad económica o si huyen de la violencia homicida de las pandillas y los paramilitares. Lo que sí sabemos es que al otro lado de la lámina oxidada desde la cual la familia buscaba una oportunidad, había un contingente de agentes armados que les dispararían balas de goma y gas lacrimógeno.

Soy scout y ello me ha llevado a caminar cientos de kilómetros guiado por un mapa y una brújula, y siempre me ha parecido chocante la perfecta claridad de las fronteras estampadas sobre el papel, en contraste con su inexistencia en la realidad. Sea cruzando entre poblados, estados o países, la geografía rara vez hace justicia a los límites políticos, y la biología ni siquiera intenta asumir fronteras.

Sucede que las fronteras son sólo cuentos que nos repetimos una y otra vez para convencernos de que somos diferentes. De que nosotros somos “unos” y los de allá son “otros”. Que nosotros somos “mejores” o que somos “especiales”.

Por ejemplo, sabemos que toda la población humana provenimos de un único punto del territorio que hoy llamamos Etiopía. También tenemos constancia de que el concepto de raza humana es ridículo pues todas las personas somos genéticamente iguales en un 99.99%. Y aún así, pese a la evidencia objetiva, miles de hombres y mujeres aceptaron ser desplegados en la frontera para obedecer las órdenes de Donald Trump. Es decir, miles de personas aceptaron someter a otras madres, padres e hijos al ardor asfixiante del gas y al impacto punzante de las trazas de goma disparadas a 720 km por hora (¡Qué fácil es decir “armas no letales” cuando no están cayendo sobre uno!).

En 1648 los tratados de Westfalia inventaron la idea moderna de las fronteras y desde entonces prácticamente nadie las ha cuestionado (va siendo tiempo de hacerlo). Tanto así, que la única justificación del mandatario estadounidense para agredir y menospreciar a la familia de la fotografía y a otras personas se limita al sencillo hecho de que nacieron al otro lado de una línea imaginaria.

Por supuesto, los Estados tienen el legitimo derecho de controlar sus fronteras con el objetivo de garantizar su soberanía y combatir la criminalidad internacional, pero ¿acaso a alguno de nosotros se nos preguntó en cuál punto de la geografía Terrestre nacer? ¿Cómo definir válidamente la condición de alguien por haber nacido en un lugar y no en otro?

Fotografía de AFP news.

Fotografía de AFP news.

En el fondo, el problema de las fronteras no es tanto el límite geográfico y jurídico que establecen, sino las ficciones imaginarias de las que se alimentan. Los límites cognitivos que pretenden distinguir entre un grupo de personas y otro casi siempre son simplificaciones extremas de una realidad objetiva mucho más complicada: adjetivos como mexicanos/extranjeros o legales/ilegales, no dicen nada sobre la condición humana de las personas que son etiquetadas por ellos.

Los gentilicios son insuficientes para explicar la personalidad compleja de los individuos o las relaciones históricas que los llevaron a abandonar el lugar en el que el azar les hizo nacer.

Ahí el desafío operativo de la defensa de las fronteras: ni las balas ni los agentes químicos distinguen entre personas que han vivido honestamente y las que han cometido crímenes. Tampoco discriminan entre “potenciales terroristas” e infantes que no comprenden porque les tratan con odio allá donde van.

En México celebramos y honramos el desplazamiento humano por partida doble: en nuestro escudo nacional solemnizamos la búsqueda de un pueblo que migró buscando el lugar perfecto para su desarrollo. Y en nuestros nacimientos decembrinos, instruimos sobre cómo hasta el hijo de dios requirió del refugio egipcio para cumplir su misión.

Sí, ya escucho la voz de quienes afirman: “A ver, dales de comer tú”. Y no, de ninguna forma estoy eludiendo las dificultades del tema. Es claro que las soluciones no son sencillas. De hecho, nunca en la historia ha sido fácil (desde la perspectiva operativa y hasta cultural) que un pueblo reciba un éxodo foráneo. Por ello mismo, no debemos intentar asumir la migración centroamericana con categorías simplistas y prejuicios ingenuos.

Encontrar las soluciones adecuadas (que nunca serán sencillas) demanda ser capaces de ver más allá del gusto gastronómico por los frijoles.

Va siendo tiempo de demandar a nuestros contemporáneos y a nuestros gobiernos mayor altitud de pensamiento. Es momento de entender estos desplazamientos como una dinámica social continental y no como “problemas” que cada país debe atender por separado.