Un fin de semana medieval

El problema de enseñar historia en un aula es que los estudiantes terminan percibiéndola como una lejana y ajena época en la que todo sucede en blanco y negro y que nada tiene que ver con los tiempos modernos que suceden en alta-definición y con sonido surround. Sin embargo, para fortuna de los profesores e infortunio de la humanidad, hay veces que nuestro legado histórico regresa con la bravura de un tsunami y toma por la fuerza nuestras calles y casas mal acostumbradas a creer falsamente que la mar está siempre en calma.

Precisamente, el fin de semana pasado la humanidad (al menos su parte occidental) olvidó la modernidad y se embarcó en un “ilustrador” viaje hacia el medievo, que irónicamente ¡contó con cobertura satelital en “vivo”!

Iniciamos la retrograda aventura con la anunciada y esperada boda de la realeza británica que, según los medios, “sorprendió” al mundo mostrándonos el clásico final de telenovela mexicana: una boda de ensueño. En esta ocasión el pueblo inglés no se limitó a pagar los gastos de una celebración a la que no fueron invitados, también decidió acompañar, desde la banqueta y en bares y restaurantes, la alegría de la nobleza. Simultáneamente pero no juntos porque no son iguales, corona y súbditos celebraron como en la antigüedad la unión de un “fulano” del que sólo conocen su imagen televisada o impresa pero que en contra parte, él nada sabe acerca de quienes pagaron su boda.

De cierta forma, la unión de William y Kate es como la boda de un vecino del que sólo sabes su nombre y profesión pero que no te invitó a su fiesta. ¿Acaso organizarías una celebración alterna para festejar las nupcias de “Peter” el vecino del cinco? Yo no lo haría… ¿Será que soy mexicano y por eso me cuesta tanto comprender la alegría británica?

Como quiera que sea, el pueblo inglés debe tener razones válidas para seguir perpetuando un sistema político que pese a su antigüedad, les da resultados políticos suficientes para justificar la existencia de la nobleza. En cambio, me avergüenzo de los ciudadanos de otras naciones que emocionados por el “chisme de alto nivel”, se desvelaron para seguir en vivo una boda que les es totalmente ajena tanto en términos geográficos como históricos y culturales.

¿Cómo pudo un mexicano, que los hubo, despertar en día laboral a las tres de la mañana para aplaudir un acto contrario al republicanismo del país? Un republicanismo que, por cierto, responde a razones históricas. México desde temprana edad decidió que la monarquía era una pésima forma de gobierno. Mejor ni hablar de la estupi “curiosa” (por decir lo menos) chica que hasta plantón hizo frente a la embajada británica en el país; de pena ajena.

Pasada la aburrida unión real (porque hay que admitirlo, el vestido de la novia no generó el suficiente suspenso como para disimular el hecho de que ya era una historia con final predecible) tuvimos que pasar prontamente, antes de que el raiting disminuyera, al siguiente evento en nuestra serie de películas medievales: la beatificación de Juan Pablo II… uff… ¡Ojalá Kate nos hubiera sorprendido diciendo ante el altar: “No. !No acepto!” Al menos las horas de tiempo aire en TV habrían valido la pena.

En sentido estricto, el Vaticano no viajó al pasado, ya que allí la modernidad está retrasada como por cien años; excepto claro en el ámbito bancario donde el pontífice ya realiza transferencias on-line. Como antaño, el fanatismo llevó a algunos a pasar la noche a la intemperie (ojalá el vaticano estuviera en un clima hostil como Moscú ¡Eso sí sería una prueba de fe!) y apretujarse como ganado en la plaza de San Pedro para alabar a, oh sí, a un hombre muerto del que dicen aún puede obrar en el mundo de los vivos mediante “milagros”.

Vale, demos el beneficio de la duda y supongamos sin conceder que en efecto es milagroso. ¿Realmente era necesario andar paseando el ataúd de un muerto? No sé ustedes pero la fijación por cadáveres putrefactos tiene un nombre: necrofilia. La verdad, eso es bastante salvaje. Como salvaje fue para mí que hace seis años el vaticano exhibiera como mercancía en escaparate el cuerpo de Karol Wojtyja durante tres días. Muy propio del medievo.

Finalmente, para completar la trilogía del fin de semana: Barack Obama, él sí de forma sorpresiva, anunció el asesinato de Osama Bin Laden y el pueblo estadounidense ni lento ni perezoso se lanzó con júbilo a las calles para mostrarnos una escena propia de una plaza italiana después de matar a un “hereje”, o de la quema de una bruja en Salem (sí, ya sé que los Juicios de Salem no pertenecen al medievo).

No dudo de la culpabilidad de Osama. De hecho creo que poco habría importado si en lugar de morir por el plomo, Bin Laden muriera por la sentencia de un juez ya que los estadounidenses igualmente habrían mostrado públicamente y sin pudor los resabios medievales que aún conservan. En una sociedad que se dice “civilizada y democrática”, el asesinato de una persona no debería ser motivo de (tato) júbilo generalizado. Tal vez, en este caso particular, se justificaría la expresión individual de sobria alegría, resultado de la muerte de quien tanto daño les causó, pero de ahí a realizar un carnaval…

Acertadamente Barack Obama (que no Osama), en un gesto de prudencia y sobriedad, decidió no publicar las fotos del cadáver del más grande enemigo de USA. Obama, mejor que el vaticano, prefirió no cultivar el morbo de las masas, demostrando que es un hombre del siglo XXI, aunque ello dé pie a que los conspiranoicos y magufos de siempre agreguen en su lista de conspiraciones, junto a la llegada del hombre a la luna, los sucesos ocurridos hace unos días en Pakistán.

En fin, disfrute usted del viaje al pasado, pero recuerde que el DeLorean no cuenta con bolsas de aire, así que mejor sea prudente al manejar.