Hillary, nuestro corazón conservador

Hace unas semanas, cuando el futuro de la elección presidencial estadounidense aún era incierto, invité a algunos amigos politólogos a tratar de encontrar ventajas en la posible victoria de Trump. Para mi sorpresa, ellas y ellos recibieron mi propuesta como si se tratase de una invocación maligna y se negaron rotundamente a siquiera imaginar una sola consecuencia positiva de una victoria republicana.

Ahora que la candidatura de Donald afortunadamente hace agua en todos los frentes y que el 8 de noviembre ya no produce emociones tan intensas. Considero oportuno volver a poner sobre la mesa este juego teórico.

Sostengo que, hipotéticamente, Trump es el único candidato que representa una verdadera oportunidad de cambiar el mundo. No porque él lo desee y no necesariamente para bien, pero claramente su ineptitud e imprudencia podrían dar margen de acción para que otras potencias, como China o Rusia, arrebaten posiciones al tío Sam. Estoy seguro que hay muchos actores en el ámbito regional y global que podrían beneficiarse de un cambio en el equilibrio de fuerzas y que conocedores de ello, mantienen la discreta esperanza de que mañana, Donald sea el ganador del último debate.

Aquí el atractivo del juego: especular sobre quiénes serían los beneficiados de un mundo con Trump al mando del despacho oval. Me parece que con ayuda de la imaginación y con espíritu prospectivo, los científicos sociales (y uno que otro interesado) bien podríamos entretenernos durante varias horas tratando de dilucidar quiénes se beneficiarían del río revuelto y quienes, además de México, pagaríamos los platos rotos.

Sin embargo, por muy divertido que resulte este ejercicio, no me atreveré a robar el tiempo del lector con especulaciones y fantasías. En lugar de ello, esta ocasión quiero advertir sobre una paradoja que salta a la vista cuando se le pide a alguien que imagine la victoria de Trump, o cuando se escucha a los críticos del candidato hablar de las consecuencias de votar por él. Inevitablemente casi todas y todos los analistas terminan, de una u otra manera, apuntalando aquel dicho popular que reza: más vale malo conocido que bueno por conocer.

La mayoría de las personas que preferimos a Clinton antes que a Trump (y que ya lo hacíamos antes de conocer la nefasta misoginia del tipo), la favorecemos no porque ella sea la persona con la que siempre hemos soñamos desde este lado de la frontera, sino porque Hillary no promete realizar cambios radicales al orden de las cosas. En cambio, la retórica de Donald, sumada a su poca experiencia, nos permiten prever que su gobierno terminaría alterando el status quo global, ya sea por deseo explícito de él o, dios nos libre, por un accidente resultado de su cortedad de luces.

Claramente, como bien señaló la demócrata, nadie en su sano juicio podría desear que el armamento nuclear esté en manos así de peligrosas. Pero no por ello podemos negar que Donald es, por las razones ya expuestas, la única amenaza creíble a un establishment que guarda tantos muertos en el armario y perjudica a tanta gente, que ha hecho posible la candidatura de un sujeto como Trump.

No se trata de ser miopes y apostar, como hizo Peña Nieto y Videgaray, a la promoción de la candidatura del empresario. Por supuesto que no, pero sí deberíamos reconocerle al republicano el cuestionable mérito de mostrarnos el lado conservador de nuestro corazón.

Sin importar que tan críticos somos con el establishment, la cautela ante los costos y consecuencias de colocar una bomba de tiempo en la cúspide del poder político, nos ha orillado a abrazar y proteger el orden actual de las cosas. ¿Qué se le va a hacer? Podemos negar el título de Presidente a Trump, pero no el de psicoanalista; sus contribuciones al reconocimiento de los claroscuros de nuestra vocación revolucionaria son innegables.

Mientras llega el día de la elección y averiguamos si en un mundo donde Dylan es literato, Donald puede ser doctor, le invito a jugar a los dados y divertirse imaginado los resultados del azar.