Hasta la vista, Whatsapp

A partir del primero de diciembre de 2017 dejaré de utilizar Whatsapp. Es una decisión que había considerado desde hace varios meses pero que apenas ahora he tenido el valor de instrumentar.

Confieso que no estoy cierto de los resultados que tendrá porque algunos familiares y amigos han reaccionado ante el aviso con la misma preocupación que tendrían si les hubiese dicho que partía del país para servir en la legión extranjera.

Escribo este texto con el objetivo de explicar a mis contactos el motivo de mi decisión, y también con el deseo de documentar el proceso para tener material de reflexión, en caso de que alguien más quiera intentarlo.

En resumen, abandonaré Whatsapp por las siguientes razones:

  1. Me parece una aplicación tecnológicamente inferior a otras alternativas.
  2. Es un sinsentido utilizar una tecnología inferior sólo porque es popular, habiendo otras superiores al alcance de un click.
  3. Considero que no protege lo suficiente la privacidad de mi identidad digital.
  4. Me gusta tener relaciones claras con mis proveedores de servicios y me incomoda la idea de ser yo el producto, tal y como ocurre con Whatsapp.
  5. Hay otras aplicaciones que permiten un mejor control de la comunicación entrante.
  6. Creo que el cambio favorecerá la calidad de mis relaciones interpersonales y mi desempeño productivo.
  7. Aunque soy seguidor del código abierto, creo que el talento y el esfuerzo deben ser recompensados.
  8. Deseo una aplicación escalable para los diferentes roles de mi vida; incluyendo el profesional.

 De forma que, por las razones explicadas más adelante, utilizaré Threema como aplicación principal y Telegram como secundaria para cuestiones intrascendentes. 

Podrán encontrarme con este ID.

 

I. El alumno más popular pero también el más rezagado de la clase.

 

En 2009, Jan Koum y Brian Acton crearon la primera versión de WhatsApp con un concepto muy sencillo: simplemente mostrar a tus contactos si estabas ocupado o disponible. Poco después, copiaron impunemente la idea del BlackBerry messenger (creado en 2005), dando vida a un servicio de mensajería que tendría mucho éxito porque, a diferencia del primero, podía instalarse en teléfonos de cualquier compañía. Sin embargo, quizá por falta de presupuesto o quizá por falta de habilidad técnica, Whatsapp no imitó los altos estándares de seguridad que distinguían a la aplicación canadiense.

De hecho, durante tres largos años, los mensajes de millones de usuarios surcaron la red sin ningún tipo de cifrado ni protección. Fue hasta 2012, en respuesta a las crecientes críticas que se implementaron las primeras y muy básicas medidas de seguridad.

Hubo que esperar a que Facebook Inc. comprase la aplicación, en 2014, para que Whatsapp usase el protocolo de cifrado SIGNAL; una tecnología desarrollada por Open Whisper System que, hasta ahora, se mantiene como una de las mejores promesas en seguridad informática.

Sin embargo, Whatsapp sigue rezagado en materia de seguridad. Expertos han señalado vulnerabilidades en el proceso de alta de nuevas cuentas, en el manejo de las coordenadas geográficas de los usuarios, en la aplicación web, entre otras.

Por otro lado, las funcionalidades de la aplicación no relacionadas a seguridad, siguen siendo endebles. Si bien  Facebook ha venido incorporando cosas como: la doble palomita azul, el envío de archivos o los gifs animados. La realidad es que todas y cada una de esas funciones ya estaban presentes en otras aplicaciones a las que Whatsapp se ha dedicado a copiar.

En mi opinión, el éxito de la aplicación de Koum está en haber sido la primera en llegar. La ventaja del monopolio le dió un impulso notable, pero el liderazgo en innovación siempre ha estado en la competencia.

Alternativas como como Telegram, Threema y Wire cuentan, desde hace tiempo, con todas las funciones que les ha copiado Whatsapp, además de otras súmamente interesantes como lo son: los mensajes que se autodestruyen; el bloqueo de impresión de pantalla; la contraseña de lectura; las copias de seguridad cifradas en todas las plataformas y no sólo en iCloud; la automatización de respuestas; los divertidos juegos y stickers personalizados; los útiles bots y, en el caso de las empresas y de los usuarios paranoicos, incluso es posible ejecutar la aplicación en servidores propios.

Además, hay otra característica muy llamativa: el uso de nicknames. En un mundo donde el número telefónico se está vinculando más y más a nuestra identidad digital y en el que los SMS son el estándar común para realizar verificaciones de dos pasos en la mayoría de las aplicaciones informáticas y en algunos servicios bancarios, es fundamental poder desvincular nuestra mensajería de nuestro móvil.

Gracias al nickname, las personas pueden conversar contigo sin necesidad de conocer tu número telefónico. Lo que permite que participemos en grupos y listas de difusión sin necesidad de revelar nuestro teléfono a desconocidos. Y en caso de necesidad, es mucho más fácil cambiar de nick que de número. ¡Es una maravilla!

Finalmente, pero no menos importante, entre las desventajas técnicas que tiene Whatsapp frente a otras aplicaciones, queda hablar del problema de su “monetización”. Es decir, de quién paga los costos de operación del servicio.

En sus inicios, Whatsapp cobraba una suscripción anual para poder operar pero tras la venta a  Facebook cambió su modelo de negocio y se volvió “completamente gratuita”; con los asegunes que ello conlleva.

Si al final, alguien debe subsanar el precio de los servidores, la electricidad y la programación ¿cómo se mantiene una aplicación “gratuita” que da servicio a más de mil millones de usuarios? La respuesta la tiene el jefe de computación del MIT Media Lab, Michail Bletsas:

“Los medios sociales son muy importantes, pero en la mayoría de los casos no sabes dónde ponen los datos y ahí está la cuestión: tiene que haber acuerdos y contratos entre usuarios y proveedores de las redes sociales. Como usuario te debes dar cuenta de que cuando utilizas un servicio gratuito es porque tú eres el producto.”

El negocio de Facebook Inc. consiste en vender publicidad basada en los perfiles que hace de sus usuarios mediante el seguimiento de su actividad en su servicio principal, en Instagram y, por supuesto, en WhatsApp; amén del seguimiento que hace fuera de sus aplicaciones. ¿No has notado la coincidencia que hay entre publicidad que te muestran y las conversaciones y acciones que realizas en la red?

Por otro lado, según informan algunos medios y la propia aplicación en sus términos de uso, Facebook Inc. está explorando la idea de cobrar a otras empresas por la posibilidad de contactarte directamente vía Whatsapp, basadas en tu perfil de consumidor, para ofrecerte productos y servicios.

Al respecto del lucro que hacen de nuestra actividad social, cabe recordar que en gustos se rompen géneros. Hay personas a las que esto no les cause incomodidad y está bien. A mí me desagrada la idea de yo ser “el producto”. Por ello prefiero pagar por la mayoría de los servicios que utilizo, a cambio de tener claridad y certeza de las condiciones de uso y del modelo de negocio de los mismos.

*Para entender mejor cómo se puede comercializar con nuestra persona, aconsejo ver la excelente TED Talk de Marta Peirano: “¿Por qué me vigilan, si no soy nadie?” Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=NPE7i8wuupk Después, también recomiendo revisar mi texto: “La vida en el mundo de cristal”. para enfrentar sin resignación pero también sin paranoías la realidad digital que nos toca vivir:  http://www.animalpolitico.com/blogueros-blog-invitado/2013/06/20/de-manning-a-snowden-la-vida-en-el-mundo-de-cristal/  

II. El Gran y exigente Gazú, redivivo

En los Picapiedra, una vieja caricatura de los años 60s, existía un personaje que bien puede representar al contemporáneo Whatsapp: el Gran Gazú, un minúsculo extraterrestre que de forma similar a la aplicación, flota en el aire y es de color verde.

Gazú es un tipo caprichoso que supuestamente brinda su ayuda a los protagonistas, pero que aparece discrecionalmente para emitir su opinión sin que nadie se lo solicite y sin que se pueda hacer mucho para ignorarlo. Además, según explicó él mismo, su presencia en la Tierra responde al exilio que debe purgar por haber construido un arma con la capacidad de destruir el universo, con el único motivo de ser “el más popular de su barrio”. 

De cierta forma, Gazú me recuerda a algunos individuos que utilizan Whatsapp como herramienta para obtener atención constante y ejercer control sobre otras personas. En especial cuando es posible revisar la “última conexión” y las “dobles palomitas”.

En la época previa al celular, las personas estaban acostumbradas,-o al menos resignadas, a respetar tus tiempos pero ahora eso no es necesariamente así. A veces creo que la posibilidad material de atraer la atención de otros usando un simple movimiento de mano, podría estar alterando nuestros modales y nuestras prácticas comunicacionales de maneras no siempre positivas.

Como es mucho más fácil enviar un mensaje que realizar una llamada, es más común recibir mensajes a horas inoportunas o con excesiva frecuencia, o sobre temas completamente intrascendentes. Lo cual llega a producir conflictos cuando el emisor, basado en la sencillez de escribir, espera una respuesta inmediata sin obtenerla. ¿Quién no ha escuchado la frase: “estabas tan ocupado como para escribir un mensaje”?

Un ejemplo común es la relación digital que muchos de mis colegas mantienen con sus superiores jerárquicos. En mi caso, mi jefa es una mujer mayor que no utiliza Whatsapp, lo cual me permite comparar la minúscula comunicación formal que tengo con ella fuera del horario laboral, respecto a la abundante demanda de atención que tienen otros dirigentes respecto a sus empleados. Definitivamente, la disolución de las distintas esferas de la vida es uno de los retos del siglo XXI.

Aviso para mis contactos de Whatsapp.

*A propósito de la discusión existente sobre equilibrar la vida laboral de la vida personal, recomiendo leer: “La légende de l’interdiction des courriels professionnels après 18 heures”, disponible en: http://www.lemonde.fr/les-decodeurs/article/2014/04/11/la-legende-de-l-interdiction-des-mails-professionnels-apres-18-heures_4399675_4355770.html  y también: “How About an Honest Discussion on Japan’s Overwork Addiction?” en: https://medium.com/@flamingotokyo/how-about-an-honest-discussion-on-japans-overwork-addiction-4b13a3388531

Además, la posibilidad de eludir la responsabilidad de nuestras palabras gracias a la barrera que crea la pantalla entre emisor y el receptor facilita un uso desconsiderado y hasta irresponsable de la mensajería instantánea.  A diferencia de una llamada, que requiere mayor concentración y cuidado del elemento sensible, los textos permiten una despersonalización del destinatario.

¿Quién no ha atestiguado peleas en grupos de Whatsapp entre personas que se escriben cosas que no se atreverían a decir en persona? ¿Cuántos de los sujetos que saturan de SPAM nuestros móviles harían los mismo si tuvieran que hablar o enviar cartas?  ¿Quién no ha sabido de la cobardía de despedir a alguien o de terminar una relación romántica por mensajería instantánea? La tecnología debe facilitarnos nuestras vidas, pero no en perjuicio de las consideraciones sociales mínimas.

Ahora bien, ¿acaso es culpa de la aplicación el uso cuasi-enfermizo que algunos de sus usuarios hacen de ella? En lo absoluto, pero tales antecedentes influyen en mi decisión de abandonar el servicio. De hecho, hace ya varias semanas que tengo permanentemente desactivadas las notificaciones de Whatsapp, lo que me permite revisar los mensajes pendientes cuando es más oportuno para mi productividad y para mi paz interior; aunque a veces me pierda información entre interminables conversaciones en grupos.

Además, silenciar las notificaciones me ha ayudado a concentrarme en mi entorno porque ahora no hay distracciones que menoscaben la interacción que mantengo con personas físicamente presentes o la experiencia de las cosas que realizo.

A tal propósito, confío que las próximas festividades navideñas y de cierre de año, serán una gran oportunidad de fortalecer mis lazos interpersonales al verme obligado (y obligar a otros) a llamar, antes que escribir.

 

 

III. Ni tanto que queme al santo…

Llegados a este punto, se podría pensar que estoy por renunciar a las ventajas de la mensajería instantánea (que si bien no son muchas, vaya que son útiles) o, “dios no lo quiera”, al uso de internet. Pero mis alarmados amigos pueden dormir tranquilos: me mantendré “conectado”, pero no será vía Whatsapp.

Afortunadamente, la idea de experimentar la desconexión parcial o total de la internet o de alguno de los servicios que la utiliza no es nueva. Las perspectivas dicotómicas de  Paul Miller y  Enric Puig, así como el experimento de Ramón Peco, bastan para calcular en justa medida el costo de abandonar Whatsapp. Así como para plantear alternativas comunicacionales que me permitan seguir siendo beneficiario de la mensajería instantánea.

A partir del primero de diciembre utilizaré Threema, una aplicación que ha demostrado su amplia utilidad y que no plantea ninguna de las desventajas técnicas mencionadas previamente. Amén de que tiene un modelo de negocio claro y está sujeta a la jurisdicción Suiza; una de las más avanzadas en materia de protección y privacidad en el mundo. 

Es previsible que la masiva utilización de Whatsapp se traducirá en inconvenientes y hasta en molestias por parte del resto del mundo. Obligar a mis conocidos a contactarme por medios distintos a Whatsapp podrá parecer a algunos un tanto odioso. De antemano les pido una disculpa por ello. Quizá sirva pensar en mí como lo hacen con aquellos amigos que por motivos laborales no pueden usar su teléfono en determinados horarios.

Sin embargo, también preveo que no ser parte de la masificación del servicio trae algunas ventajas. Por ejemplo, aunque seguiré teniendo un servicio de mensajería, los problemas enunciados en el segundo apartado no se harán presentes ya que el número de usuarios es menor y el cambio de plataforma da una sensación más formal a las comunicaciones que cruzan por ella.

Finalmente, quizá mis prácticas informáticas sirvan a otras personas a replantear las propias según sus términos y preferencias pero en beneficio de su seguridad y privacidad digital, para lo cual recomiendo leer: https://www.securemessagingapps.com/, así como el apartado tecnológico del excelente manual de la CPJ: “Journalist Security Guide  https://cpj.org/reports/2012/04/technology-security.php

 

 

*Si os interesa ahondar en la discusión sobre el uso y abuso de la red, recomiendo el diario de Miller https://www.theverge.com/2012/5/8/3007525/paul-miller-offline y el libro de Puig https://www.amazon.com.mx/gran-adicci%C3%B3n-Enric-Puig-Punyet-ebook/dp/B01M27JR6C/ref=sr_1_2?ie=UTF8&qid=1511124448&sr=8-2&keywords=Enric+Puig