Ayer, 13 de febrero de 2019, día mundial de la radio, la agencia espacial estadounidense (NASA) dió por finalizada la misión de la Opportunity, una de las dos sondas que revivieron nuestra curiosidad por Marte. Y ello me parece un evento digno de admiración estética.

 

 

Sucede que la Opportunity será recordada como uno de los mayores éxitos de la NASA, porque gracias a ella renació la exploración marciana. Recordemos que en 1999, la agencia sufrió una de sus mayores vergüenzas cuando se demostró que el millonario fracaso de las sondas Mars Climate Orbiter y Mars Polar Lander, se debió en parte a una confusión en el cálculo de variables expresadas tanto en el sistema métrico decimal como en el anglosajón. Fue un descalabro que puso en entredicho su financiamiento y que se pudo sortear gracias a insistentes negociaciones con el Congreso estadounidense. Mismo que decidió aprobar un segundo intento a desarrollarse cuatro años después.

Sin embargo, el 2003, fecha del lanzamiento de estas sondas también resultó ser una año clave porque en febrero fallecieron 7 astronautas a bordo del transbordador Columbia. De forma que el éxito veraniego de la Spirit y de la Opportunity se volvió también un triunfo para la credibilidad de la exploración espacial en su conjunto.

No obstante, el fin de la misión también resulta nostálgico ya que termina un relato que debía abarcar 90 días, pero que logró extenderse durante casi 15 años. Es una vuelta de página para un equipo de cientos de personas provenientes de múltiples nacionalidades, que durante cinco mil días, hicieron de la exploración del cuarto planeta su rutina cotidiana.

Y aún más allá, dado que el hecho ocurrió en el marco del Día mundial de la radio, vale pena detenerse a reflexionar sobre sus implicaciones simbólicas en la narrativa autobiográfica de nuestra especie.

Como bien señaló Wittgenstein, uno de los actos que más nos distinguen de otras especies, que más nos vuelven humanos, es la posibilidad del lenguaje. Las palabras nos sirven de puente entre nuestro ser interior y el mundo físico fuera de nosotros. De manera que el habla nos permite concebir la realidad y hacernos un lugar en ella. Por eso el invento de Marconi debe entenderse como la victoria de la humanidad por sobre la geografía. Gracias al entendimiento de las ondas radiales pudimos superar nuestra minúscula presencia y, literalmente, llevar las palabras a cada rincón del globo. Gracias a la telegrafía inalámbrica el planeta Tierra se volvió verdaderamente nuestro planeta, porque pudimos impregnar en él nuestros lenguajes.

Tanto ha sido el impacto de la radio en nuestras vidas que también nos permitió soñar con superar las máximas fronteras de nuestra biología: Nos dejó fantasear con la posibilidad de viajar a otras partes del universo. De hecho, el primer objeto que la humanidad pusimos en órbita fue básicamente una enorme antena de radio. En 1957 la era de la exploración espacial fue inaugurada teniendo por fanfarrias el intermitente pitido que el Sputnik 1 transmitía en los 20 mil y los 40 mil mega hertz de frecuencia.

Ni qué decir de la famosísima señal Wow. Aquella “voz” proveniente de Sagitario, que durante 72 segundos superó por varios órdenes de magnitud el ruido de fondo del universo, inundando nuestros corazones con la ilusión de vivir en una galaxia compartida con otros seres inteligentes. Señal que después de aquel agosto del 77’ no ha vuelto a romper la rutinaria estática captada por nuestros radiotelescopios, que siguen a la espera de otro mensaje de posibilidad.

¿Pueden imaginar las emociones que sintieron en la NASA cuando, a finales de septiembre pasado, descubrieron que la primavera partía llevándose consigo la señal de la Opportunity?

Porque vale decir que la sonda se deja a su suerte en un terreno virgen de la huella humana, no por la certeza de una descompostura, sino porque sencillamente ha resultado imposible restablecer comunicación con ella.

¡Marconi nos dió un invento extraordinario! ¡No hay duda! pero también nos descubrió uno de los sonidos más tristes del mundo: el sonido del silencio radial. Con su trabajo la estática se volvió embajadora del fracaso, porque a partir de entonces lleva por estandarte la ruptura del puente comunicativo.

En agosto de 1945, exactamente a las 08:16 de la mañana, y antes de que el pueblo nipón despertase a la barbarie a la que acabada de ser sometido, la Japanese Broadcasting Corporation, una radio civil, fue quien descubrió que el presidente Truman había arrebatado del mapa a la ciudad de Hiroshima. La central en Tokyo fue la primera en enfrentar el silencio proveniente de la estación que estaba en la zona cero.

Ese terrible día, la estática fue tan impasible mensajera que se adelantó por tres horas a la información oficial otorgada por un avión de reconocimiento militar, que tuvo la desfortuna de describir al alto mando japonés la pérdida de 166 mil vidas.

El silencio de las antenas se bautizó ese día como el más cruel de los mensajes.

Sin embargo y para nuestra bendición, la Opportunity se despide del mundo que la creó dejando tras de sí miles de mensajes con valiosísima información. La sonda acalla sus sistemas legandonos las piezas con las que habremos de construir los siguientes relatos de la inagotable búsqueda de la humanidad por cruzar nuevos horizontes.

A la desconexión radial de la Opportunity le sigue la brillante retórica desplegada por una de sus hijas más prolíficas: la Curiosity; que desde noviembre de 2011 se esfuerza cada día por estrechar el camino que nos separa de alcanzar las estrellas.

Así que ayer se cerró un capítulo satisfactorio en los libros de historia. Ayer se nos regaló un pretexto para seguir viendo las capacidades intelectuales de nuestra especie con optimismo hacia el futuro.