La sensible renuncia del maestro Rodríguez Araujo al ejercicio del periodismo de opinión, priva a México de su extraordinaria pluma y lo confronta a la realidad subyacente del discurso de “transformación” del nuevo régimen. Además, en el caso de las y los politólogos que fuimos instruidos por el profesor, también nos obliga a revalorar la fortaleza de nuestras convicciones frente a la traición de brazos caídos de su principal discípulo: Gibrán Ramírez.

“Por primera vez en medio siglo, he sentido desde hace pocos meses que la libertad de expresión está en riesgo, no de desaparecer pero sí de ser ultrajada si lo dicho o escrito cuestiona las políticas y las decisiones del poder. […] he llegado a la conclusión de que ser crítico en la actualidad tiene consecuencias y que éstas pueden no ser las deseables para continuar mi vida como la he tratado de conducir […]” Octavio Rodríguez Araujo.

Todo personaje público (famoso o no) no es sino una puesta en escena que se despliega por sobre el personaje privado. Quizá, por portar todo el tiempo una máscara, el intérprete termina creyendo su propia actuación, sin embargo, ineludiblemente la verdad de su naturaleza termina filtrándose por las comisuras de su falsa identidad.

Advierto que nadie puede negar a Gibrán su talento. Como su compañero de generación en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM doy testimonio de que era una de las mentes más brillantes de la carrera. No obstante, es más fácil recordar los resentimientos que destilaba con sus palabras y acciones, que sus participaciones en clase porque lo recuerdo como un joven inteligente, pero aprisionado en un relato nostálgico de sí mismo como supuesto paladín de la lucha de clases. Valoración, por cierto, que confirmé años después con una sufrida entrevista que María Scherer le dedicó en El Financiero, cuando Gibrán el intelectual orgánico todavía era un proyecto del grupo político que lo ha vuelto un personaje público.

Ahora bien, usualmente hablar de la biografía universitaria de las personas es un asunto pueril, pues cada una sobrevivimos como pudimos nuestra juventud y nos hemos reinventado según como nuestros mejores esfuerzos lo permitieron. Sin embargo, en este caso considero importante hablar de ello porque no se puede entender al Gibrán de hoy, sin el fundamental papel formativo que el maestro Rodríguez tuvo en él.

Y es que el profesor adoptó a Gibrán tanto académicamente como afectivamente. Cualquiera en la generación puede atestiguar la transformación crítica y hasta de proyección personal que tuvo Gibrán durante sus años de trabajo con Rodríguez Araujo.

Por eso a muchos nos ha parecido tan chocante la indolencia con la que el alumno menospreció la denuncia de su tutor, en la que éste aseguró sentirse en peligro como resultado del ejercicio de la libertad de expresión.

 

Me refiero a la columna que Gibrán escribió el 1 de julio de 2019 en Milenio. ¡Qué audacia la suya para acusar de debilidad a un hombre que tuvo el valor de ser crítico del régimen durante los peores años de la guerra sucia! ¡Cuánta vanagloria hay en sugerir a Rodríguez que se “curta ante el desacuerdo”! ¡Qué superficialidad que ante las amenazas le sugiera “utilizar frecuentemente los botones de silenciar y bloquear” de sus redes sociales!

Hoy, Gibrán es uno de los intelectuales orgánicos favoritos de la 4T, pero también es un traidor, porque a pesar de su influencia en el régimen y en la opinión pública, prefiere dejar a su suerte al hombre que vio su potencial y que le encaminó en la dirección correcta para alcanzarlo. Sencillamente, eso no se hace. No se traiciona por lealtad política, sino por agradecimiento ético.

¿Qué rostro mostrará Gibrán cuando se agoten los relatos del régimen? ¿Qué máscara le quedará cuando finalice el banquete del poder y descubra que, con tal de no enemistarse con sus actuales empleadores, no sólo traicionó a su mentor, sino que también defraudó su propia capacidad intelectual al haber preferido el quehacer sofista por sobre el análisis crítico?

De tal forma que la renuncia al periodismo de opinión de Araujo nos priva de dos plumas brillantes: la suya y la de un talento joven que prefiere acometer en contra de la discusión pública al utilizar su ingenio en defender las quimeras del nuevo régimen.